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Full text of ""En Defensa Del Anarquismo" y "Lucha de Clases", Ricardo Mella, Barcelona, 1919"

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Ricardo Helia 


Lucha de clases 


PRECIO 15 CENTIMOS 


Ronda San Pablo, 36 


Imprenta 


Germinal 






‘ - " - 

, i \A 

*o ti 



















































Eo defensa del anarquismo 


i 


i ^ ¿ # . . . nos condenó al silencio 

uran e cierto periodo de tiempo. Algunos hechos indi¬ 
viduales, cuya responsabilidad no puede ni debe alcan¬ 
zar a todo un partido, nos hicieron víctimas de la sa¬ 
ñuda persecución de todos los gobiernos. Por muchos 
ías el anarquismo dejó de ser doctrina más o menos 
aceptable en el concepto general, y se trocó en enorme 
debió colectivo. Unas veces por ignorancia, otras por 
necesidad de justificar atropellos inauditos, muchas por 
preocupación y mala fe, siempre, durante ese período 
a anarquía lúe terrible demencia de cerebros enfermos 
y de almas perversas. La obra policíaca se completó 
con la investigación científica de los que, como Um¬ 
broso, juegan con la hipótesis a cambio de hallar en 
toda manifestación dato que soporte sus teorías y Ies 
de visos de una certeza que de otro modo flaquearía 
ostensiblemente. 4 

A pesar de todo, revivimos y estamos dispuestos a 
proseguir la labor interrumpida. 

Somos hombres de ideas, que amamos fuer!emente 
° 3 ue se ofrece con todo el aspecto de una 
verdad irreductible, que alimentamos la creencia en im 
mundo mejor, y si alguna vez puede flaquear nuestro 
cuerpo maltratado, no flaqueará nuestro cerebro en la 
convi cci °n del ideal tras el cual corremos luchando a 
azo partido con una sociedad llena de preocupacio¬ 
nes, de egoísmos y de inmoralidades. 








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w 


— ó - 

No tenemos necesidad de hacer protestas ni aclara¬ 
ciones* No declamaremos desde lo alto contra la.singu- 
lar conducta de los vencedores, ni justificaremos la de 
los vencidos. Nosotros no nos ocupamos de hechos, 
sino de ideas, Una doctrina no se deprime por los actos 
de sus partidarios. Si así no fuera, no sólo las religio¬ 
nes y los partidos, sino también la misma ciencia ha¬ 
bría de doblar la cerviz humillada por sus pecados. 

Y si todavía se insiste en que el anarquismo es una 
teoría de aniquilamiento, responderemos que el anar¬ 
quismo es simplemente una teoría revolucionaria, y la 
revolución no es, ni ha sido ni será nunca el aniquila¬ 
miento porque sí, sino la transformación de las formas 
orgánicas de convivencia social. 

Todo lo que significa terrorismo, destrucción de 
cosas y personas, podrá ser un accidente, un fenómeno 
producido por eí antagonismo en que vivimos, nunca 
un principio de hombres que piensan y razonan. La 
muerte de un hombre, una transmisión de propiedad, 
nna destrucción cualquiera de las cosas, no cambia en 
nada el organismo político, no altera el funcionalismo 
económico y deja en pie las instituciones dominantes, 
Y una revolución tiene por objeto precisamente esto: 
cambiar o suprimir el organismo político, modificar el 
i unción aiisrno económico, vencer a las instituciones 
creadas. 

La teoría anarquista no ha sufrido, por tanto, depre¬ 
sión alguna. Sus hombres, perseguidos, encarcelados, 
aniquilados en ocasiones, han sufrido, como sufren 
iodos los vencidos; pero ellos mismos subsisten para 
dar razón del valor de sus ideas. 

No se extermina a todo un partido y mucho menos 
se elimina del campo teórico una idea fuertemente 
anaígada en la conciencia social como consecuencia de 
una necesidad vivamente sentida. 

Hablemos, pues, de la anarquía y explíquémosla ■ 
una vez más, que por poderoso que sea el sentimiento 
del egoísmo general y la preocupación reinante, la ra¬ 
zón se abrirá paso. 


üiii ttt a tíru-j fi/'WilUifir 










La anarquía es una doctrina filosófica que com¬ 
prende en amplísima síntesis todo el intrincado pro¬ 
blema social. 

No es simple principio de destrucción, como en¬ 
tiende la ignorancia y proclama la mala fe. No implica 
la vuelta al hombre prehistórico, como afirman enfáti¬ 
camente los mercenarios sabios de las clases dominan¬ 
tes. La anarquía es la traducción, ideal y práctica a un 
mismo tiempo, de la evolución política y del desenvol¬ 
vimiento económico. 

La tendencia innegable en todo el proceso histórico 
a integrar plenamente la individualidad, tanto como el 
hecho manifiesto de una cada vez más creciente sus¬ 
titución del trabajo colectivo al trabajo disociado, en¬ 
vuelve la categórica afirmación del anarquismo cons¬ 
ciente; de tal modo, que, apenas se disipa un tanto el 
general prejuicio, no hay cerebro medianamente orga¬ 
nizado que no lo reconozca. 

La independencia individual ha sido siempre el ob¬ 
jeto de todas las revoluciones, y ni uno solo de los 
grandes movimientos populares ha dejado de significar 
aLmismo tiempo una cuestión de pan. Las sociedades 
se agitan constantemente alrededor de estas dos ideas: 
libertad e igualdad, como si presintieran su resultado 
inevitable: la fraternidad y la solidaridad de todos los 
humanos. 

La esfinge de la felicidad, alejándose a medida que 
la humanidad avanza, parece detenerse un momento, 
Dámonos cuenta de la inmensa pesadumbre del mon¬ 
tón de preocupaciones, errores y falsedades que a tra¬ 
vés del tiempo permanecen irreductibles en el mundo 
social; rendímonos a la evidencia de una continua hu¬ 
manización de la especie, que surgiendo de la animali¬ 
dad primitiva, camina resueltamente hacia la meta, ne- 







gación absoluta de su punto de partida; avívanse nues¬ 
tras facultades éticas y multiplícase hasta el infinito 
por el progreso de la mecánica, nuestro poder físico 
permitiéndonos entrever próximo el reinado de la abun- 
aancia y la realización del amor universal humano, y 
dominando desde la altura de la civilización presente 
las estrecheces del.pasado y las amplitudes del porve- 
nu, penetrémonos del radical antagonismo entre un 
progreso material cierto y un estancamiento del pro- 
social evidente. No caben nuestras artificiosas 
instituciones, nuestros métodos rancios, nuestras ruti¬ 
narias costumbres en un nuevo mundo que domina las 
tuerzas de la naturaleza, las sojuzga y las explota. La 
maquina nos redime del trabajo innoble y ennoblece el 
ra ajo ntil; convierte a la bestia que tira en cerebro 
que dirige; suprime las fatales diferencias con que la 
naturaleza distingue a los hombres, igualando todas 
_as fuerzas y todas las aptitudes en la síntesis del tra- 
ajo mecánico, y cuando el vapor y la electricidad su¬ 
primen toda barrera entre los cuerpos y establecen la 
comunicación comstante de los pensamientos, nos aper- 
ci irnos de la enorme distancia a que queda nuestro 
progreso mpral, político y social del progreso positivo 
de nuestras fuerzas en el orden de la producción y de la 
ciencia. El privilegio económico y la dominación políti¬ 
ca nacen mutil para la inmensa mayoría de nuestro li¬ 
naje ese avance tremendo de un siglo que ha desen¬ 
vuelto con rapidez vertiginosa todo contenido de la ex¬ 
periencia y de los conocimientos de siglos y siglos que 
marcharon al lento caminar del galápago. Por eso sur- 
ge en nuestra mente la idea de un avante semejante en 

h °clara ^n^lfs** 0 ***^ ,a Vldai ycon cebímos, con 
percepción de 3a nerviosidad moderna, un 

SfíS c «ej°r, 3nte cuya proximidad la impenetrable 
L ge se aclara, se reduce y finalmente se convierte 
en termino clarísimo de transparente verdad y de sen- 

compíeto Pr ° b ema ' CUya incó S nita se ha despejado por 












- 9 - 



III 


La falta de paralelismo entre los dos modos del 
progreso humano hémosla atribuido al privilegio eco¬ 
nómico y a la dominación política. Y, en efecto^la per¬ 
manencia de una organización de clases ha hecho que 
los beneficios inmensos de la mecánica moderna sean 
nulos para la mayoría de los hombres, reduciendo a 
esta a condiciones tan mezquinas, que en la lucha por 
la vida el obrero se ha convertido en la más desprecia¬ 
ble de las mercancías por su baratura y por su fácil 
sustitución. Si 3a máquina no ha lanzado de golpe a la 
miseria a millares de hombres, hace en cambio cada 
día menos necesario el concurso del jornalero, y al 
día también elimina un no despreciable número de bra¬ 
zos que va a engrosar las nutridas filas del ejército del 
hambre, 

R1 capitalista/halla fácil rendimiento a sus dineros 
en, la potencia multiplicadora de la máquina, al paso 
que el trabajador es cada vez menos indispensable, Al 
contrario, su labor se deprecia continuamente, susti¬ 
tuyéndola a veces con la labor femenil y la de los ñi¬ 
ños. Así, aunque la máquina multiplica o por lo menos 
puede multiplicar prodigiosamente los productos, este 
progreso resulta inútil para el obrero, porque dada la 
depreciación de los jornales y la continua paralización 
de brazos, cada vez le es menos fácil obtener dichos 
productos en el mercado. No de otro modo se explica 
el terrible espectáculo del hambre al lado de los mis¬ 
mos almacenes atestados de mercancías, que malviven 
o se cierran frecuentemente por falta de ventas. 

El obrero, no sólo sufre estos perjuicios ocasionados 
por ei progreso mecánico, sino también sus derivados. 
Para él son cuentos maravillosos todos nuestros ade¬ 
lantos científicos; la educación moral y artística y sus 
goces indeclinables, poco menos que nada. Y como la 

















- 10 — 

I' 

clase media no se cuida gran cosa tampoco de las mo¬ 
dernas conquistas, sobre todo si no le son inmediata¬ 
mente útiles, resulta que el tremendo avance de la cien¬ 
cia en su más amplio significado sólo beneficia a unos 
cuantos dilettandi, y cuya influencia en la vida social 
es, por tanto, poco menos que nula, 

¿Hubiera prevalecido esta enorme diferencia en los 
beneficios sí el estado de castas no estuviese mantenido 
por un estado de fuerza? La dominación política es 
corno el complemento del privilegio económica y recí¬ 
procamente- La dominación política tiene a su cargo, 
no sólo la subordinación presente, sino también la con¬ 
tinua transmisión de los hábitos de obediencia. La ba¬ 
yoneta y* el fusil no le bastan, y dispone de la escuela y 
de la iglesia, del circo y de la taberna, de la prensa, del 
libro y del teatro. Todo conspira a un mismo fin. 

Normalmente la labor es sencilla, tranquila. Se redu¬ 
ce a asediar continuamente las facultades más hermosas 
de la personalidad, hasta anularlas o adormecerlas, Y 
sí por acaso la normalidad se perturba, entonces la 
pólvora hace su oficio y las cárceles se abren para la 
multitud desamparada, y se levanta el patíbulo para el 
sedicioso que salió o pensó salir a la calle en defensa 
de su sueno, de su utopía querida, utopía tras la cual 
ha caminado y camina la humanidad sin rendirse jamás 
a la engañadora evidencia de la enseñanza oficial. 

Así, debido a esta compenetración del privilegio 
económico y del dominio político, obsérvase en el mun- 
■ do social, de una parte, pequeña minoría en posesión de 
todos los derechos y de todos los elementos, constitu¬ 
yendo por sí y para sí el organismo propiamente dicho de 
la sociedad, y de otra, enorme masa de esclavos que care¬ 
ce de todo: derechos políticos, personalidad social, ele¬ 
mentos de trabajo, riqueza, instrucción, arte y ciencia. 

De hecho sólo han cambiado los términos en la 
apariencia. Nuestro inundo moderno es con tí nn ación 
fiel de aquel mundo antiguo tan fieramente combatido 
por los ascendientes, por los generadores de nuestra 
actual burguesía. 

- * 11 Ti"—nr iij t j ii ii. — 











- 11 — 


Todo en la vida material ha cambiado prodigiosa¬ 
mente, En la vida social, merced al hecho señalado, 
vivimos todavía para alimentar, recrear y conservar a 
una casta de hombres que tiene de su parte una sola 
cosa: el dinero. 

, 

IV 

Existe, como ya lo hemos demostrado, un desequi¬ 
librio inmenso en la vida social. La civilización es so¬ 
lamente ideal, algo abstracto no traducido en hechos 
para gran parte de los humanos. El progreso, una en¬ 
gañosa ilusión con cuya conquista se pavonean los 
servidores privilegiados de la burguesía adinerada. El 
pueblo carece de todo; carece primeramente de pan, y “ 
careciendo de pan, civilización, progreso, ciencia, arte, 
industria no son más que terribles mentiras, torturas 
inventadas por la moderna inquisición de los satisfe¬ 
chos. ¿Qué efecto pueden producirnos los museos ates¬ 
tados de maravillas artísticas, los gabinetes científicos 
con sus gigantescas creaciones, las fábricas con sus 
colosos productores, los almacenes reventando con el 
hartazgo de mercancías qne no se venden y los lindos 
escaparates con todos los refinamientos del gusto y 
del lujo? Hablad de todo esto a los millares de desha¬ 
rrapados que se llevan penosamente las manos hacía 
la región de un estómago vacío, que arrastran los pies 
por el fango de las calles, que mal cubren con harapos 
los pellejos que sirven de único revestimiento a un 
manojo de huesos que crujen a cada paso como que¬ 
riéndose romper, y sólo obtendréis'un gesto indesci¬ 
frable, un gesto doloroso, expresión de un organismo ani¬ 
quilado, indiferente al borde de la tumba, esperando la 
muerte antes que buscando la prolongación de la vida. 

¿Y qué pretendemos nosotros, anarquistas, como 
único remedio a este tremendo desequilibrio, factor fun¬ 
damental de la miseria, de la ignorancia y del crimen? 














23213í&W.»* 


' 






— 12 - 

Picíendemos producir de momento el avance nece- 
sano del progreso social para restablecer el paralelis- 
mo logico, indispensable del adelanto científico y del 
adelanto positivo para todos los hombres, Pretende- 
mos ? sí, dar un salto, salto formidable que, colocando 
a . , a Humanidad en el comienzo de una nueva evolu¬ 
ción, ie permita desenvolverse armónicamente en lo su- 
cesivo. Pietendemos que la sociedad recorra en un pe- 
no , revolucionario todo el camino que el privilegio 
económico, amparado por el poder político, le ha impe¬ 
dido andar al compás de sus otros progresos en la me- 
carnea industrial, en las comunicaciones, en las con¬ 
quistas científicas en los goces artísticos. Porque si la 
humanidad se confía a los teorizantes de la burguesía 
y el mundo oficial y espera llegar a la soñada meta 
por el lento evolucionar que le predican, la humanidad 
permanecerá eternamente distanciada del goce de aque¬ 
llo mismo que ella ha creado y crea a cada momento, 
sm percaLjirse de que toda su labor redunda y seguirá 
redundando en beneficio exclusivo de una exigua mi¬ 
ñona privilegiada, iodo desequilibrio esnecesariamen- 
te inestable. I odo propende del mismo modo al estado 
de equilibrio, y cuando éste se ha quebrantado bajo la 
inimencia continuada de causas que persisten a través 
de nempo, na de producirse necesariamente también 
una brusca sacudida de las fuerzas latentes que de uol- 
pe restablezca la armonía indispensable a la vida. Por 
• V? 4 equilibrio social sólo puede esperarse de un 
instante revolucionario en que los elementos sociales, 
rompiendo todas las trabas históricas, dando de mano 
a prepucios y errores añejos, aborden de una vez para 
^empre el pavoroso problema de emancipar a todos 

víhid° mbreS C € cuaídui€r f° rma subsistente de la escla- 

Y esta revolución, y este sacudimiento formidable, 
tan temiao por unos, tan deseado por otros, ¿qué debe 

He aquí lo que decimos los anarquistas: la próxima 
revolución debe, ante todo y sobre todo, tener por ob- 










— 13 - 


jeto apagar todas las hambres: hambre física, hambre 
intelectual, hambre moral. Dése a todos el pan, prime¬ 
ramente el pan, el combustible necesario para que la 
máquina funcione. Que si alguna vez falta, sea porque 
todos hayan saciado el hambre heredada siglo tras si¬ 
glo y de generación en generación. Sólo a este precio 
podrá restablecerse el equilibrio que ha de traer apare¬ 
jado la hartura intelectual y la hartura de los inefables 
goces artísticos. El derecho a la vida no es una metafí¬ 
sica para engañar a los tontos. Por brutal que os pa¬ 
rezca, trasnochados idealistas, teólogos rancios, filóso¬ 
fos a la violeta que podéis ocupar vuestro cerebro va¬ 
cío con las disquisiciones de nubes vaporosas, de aro¬ 
máticas flores y de caprichos de luz y de color en que 
os solazáis porque estáis hartos de todo y no sabéis 
hallar entretenimiento mejor a vuestros ocios, el pan, 
la satisfacción de las necesidades materiales, es indis¬ 
pensablemente lo primero que hay que facilitar a todo 
el mundo. Esta lacónica palabra pan encierra todo el 
para vosotros terrible problema social, porque si de él 
dispusiera todo el mundo, ¡cuán fácil sería satisfacer 
cumplidamente esas que llamáis necesidades de un or¬ 
den más elevado, más espiritual, según vuestros pro¬ 
pios términos! 

¿Y sabéis cómo se ha de dar el pan a todo el mundo? 

Lo diremos brevemente: socializando la propiedad 
y suprimiendo el poder político. 

El pan y la libertad para todos; reintegración de la 
vida a las condiciones naturales eu que debe desenvol¬ 
verse; cooperación voluntaria para todos los fines co¬ 
munes; asociación libérrima, como producto directo y 
espontáneo del ejercicio de la iniciativa individual: he 
ahí sintéticamente la reorganización subsiguiente a la 
revolución que haga desaparecer la precedente organi¬ 
zación privilegiada del mundo capitalista. 

Sí el mundo de las desigualdades irritantes ha pro¬ 
ducido la miseria fisiológica y la miseria social, el mun¬ 
do nuevo de la igualdad no reglamentada, sino como 
producto del libre funcionamiento de los grupos en po- 









sesión de la riqueza toda, producirá necesariamente las 
robustez fisiológica y la hartura social; producirá el 
bienestar, esa felicidad relativa, en fin, por todos de¬ 
seada y jamás conseguida. 

El anarquismo se encarga de propagar y enseñar la 
posible realización de la pretendida utopía. De nuestra 
parte no haremos más que explanar la tesis que soste¬ 
nemos, sujeta necesariamente a un criterio puramente 
individual,, que del concurso de diversas opiniones sur¬ 
girá al fin en toda su generalidad la bella teoría que 
gana de día en día mayor número de inteligencias. 


Socializar la riqueza no es para nosotros la apro¬ 
piación por el Estado de todos los medios de producir. 
Suprimir el poder político no equivale a una simple 
transformación de la máquina gubernamental. Enten¬ 
demos ambas cosas de muy distinto modo que el so¬ 
cialismo autoritario. 

Una revolución que no hiciera más que entregar la 
riqueza al Estado y dejara en pie un pseudo gobierno 
bajo el nombre de administración pública, tendría que 
empezar de nuevo. Sustituir a la multitud de propieta¬ 
rios personales el propietario único, no destruiría nin¬ 
guna de las causas de la desigualdad social. Entregar 
a unos cuantos privilegiados el gobierno y la adminis¬ 
tración de la vida económica de un país cualquiera, no 
evitaría ninguno de los males que d gobierno político 
produce, y más bien los multiplicaría agravándolos. 
Tales cambios no darían a nadie la independencia, sino 
que remacharían fuertemente la cadena de la servi¬ 
dumbre. 

La revolución venidera no caerá en tan grave error. 
Es preciso una socialización efectiva de la riqueza. El 
pueblo debe tomar inmediata posesión de todo y orga¬ 
nizar, como pueda y sepa, pero por sí mismo, la vida 









— 15 


general, Nada de abdicaciones, Que cada cual ponga 
manos a la obra, juntándose con aquellos que persigan 
un mismo fin. Que las asociaciones libremente forma¬ 
das libremente se concierten para la común empresa. 

Y que en fin, todos y cada uno procuren emplear sus 
fuerzas en vista de las necesidades más apremiantes 

del cuerpo social. , , . „ 

Por primera vez se encontrará el individuo en plena 

independencia de acción, libre del látigo del capitalista y 
de la tiranía gubernamental; por primera vez haliarase 
en el ejercicio libérrimo de su iniciativa, capaz de abar¬ 
car sin trabas el inmenso horizonte de una vida nueva. 
;No sería demencia entregar a unos cuantos el arreglo 
de los negocios, el gobierno de la producción y el con¬ 
sumo? ¿No sería locura insana reanudarla obra del 
privilegio, de la centralización, del agiotaje y del des¬ 
potismo armado, contra la cual se había hecho exclu¬ 
sivamente la revolución? . . 

Todo el éxito del socialismo autoritario no tiene 
otra explicación que los hábitos de obediencia de las 
masas. Enséñaseles la misma rutina gubernamental; 
organízaseles militarmente; póneseles ante la vista un 
organismo, glosado con los elementos mismos del ac¬ 
tual organismo autoritario, y bajo la promesa de la fu¬ 
tura igualdad, lo aceptan todo, creyéndose próximos a 
la emancipación ansiada, Pero al mismo tiempo la or¬ 
ganización autoritaria del socialismo produce natural¬ 
mente los mismos males, las mismas luchas, las mis- 
mas anomalías que la organización autoritaria del ca¬ 
pitalismo, y entonces el obrero adquiere su experiencia 
propia y comprende que se ha engañado con un simple 
cambio de nombres. Si su cerebro ha despertado a la 
vida de un mundo mejor, no retrocederá. Si los hábitos 
de obediencia son todavia bastante poderosos, entrega- 
ráse indiferente a la explotación del capitalista, juzgan¬ 
do fatal e inevitable su esclavitud. Mas la experiencia va 
haciéndose; las masas aprenden a pensar por si, a obrar 
por si y a pasarse sin representantes privilegiados. 

Cuando la revolución sobrevenga, el pueblo hara la 










revolución anarquista, ahíto ya de Mesías políticos y 
sociales, de gobernantes y administradores desintere~ 
sados t de toda casta de delegados, representantes e in¬ 
termediarios. 

El anarquismo es por esto el socialismo en toda su 
pureza, sin mezcla de autoridad ni privilegio; es el 
socialismo espontáneo organizado por el pueblo. 

Preferible a una administración que distribuya ca¬ 
prichosamente las casas, es que la distribución la ba¬ 
gan por sí mismos los trabajadores. Preferible a una 
reglamentación del trabajo, es que los mismos produc¬ 
tores lo organicen con arreglo a sus necesidades, sus 
aptitudes y sus gustos. Preferible a que un gobierno o 
administración central organice el cambio por medio 
de bonos de trabajo o distribuya los alimentos y los 
vestidos con arreglo a cálculos imposibles, es que los 
mismos productores, consumidores a la vez, organiza¬ 
dos en agrupaciones que libremente se entiendan, cam¬ 
bien o distribuyan sus productos. De todo esto y de 
mil cosas semejantes entiende la masa general del 
pueblo mucho más que cualquier delegación por sabia 
y buena que sea. Y porque entiende más, lo hará 
mejor; tan bien, por lo menos, como sea posible. ¿Qué 
importa que los productores trabajen durante una jor¬ 
nada seguida o en medias jornadas si la producción da 
el mismo resultado? ¿Qué importa que aquí el cambio 
se haga en esta forma o en aquélla y que allí sea la 
distribución regulada conforme a tal o cual principio 
convenido, si las necesidades generales quedan atendi¬ 
das? ¿Qué importan los detalles y los medios si el fin 
social se realiza, si la armonía es la resultante de la 
variedad de procedimientos? 

, El anarquismo es en el campo socialista la enérgica 
reivindicación de la individualidad. Por eso a su libre 
y espontánea iniciativa confía la reorganización social 
en lo futuro. Por eso proclama en toda su plenitud la 
libertad de acción que sólo puede obtenerse mediante 
la posesión en común de toda la riqueza. He ahí por 
qué somos anarquistas y socialistas. 





— 17 - 


Vi 

Pero ¿qué es el anarquismo prácticamente? ¿Cómo 
podrá una sociedad pasarse sin gobierno, sin ‘fuerza 
armada, sin una justicia de casta? ¿Cómo armonizar un 
régimen de comunidad con la independencia efectiva 
del individuo? 

El anarquismo prácticamente, no es más que el 
arreglo de los asuntos sociales por medio de pactos 
libres, lina vez puesta en común toda la riqueza, o, 
mejor dicho, una vez la riqueza a disposición de todo 
el mundo para producir, para cambiar y para consu¬ 
mir, se agruparán los productores en sociedades diver¬ 
sas para la construcción de los edificios, para la fabri¬ 
cación de tejidos, para la de máquinas, etc,, y los agri¬ 
cultores harán otro tanto para la producción de los 
alimentos, así como otros trabajadores combinarán sus 
fuerzas para la organización de las comunicaciones y 
de los transportes. Estos grupos, a su vez, se relacio¬ 
narán entre sí formando asociaciones de grupos según 
sus más inmediatos intereses y necesidades, de tal 
forma, que por una serie de libres convenios surgirá 
naturalmente una gran federación de asociaciones autó¬ 
nomas que, comprendiendo en una maravillosa síntesis 
armónica la inmensa variedad ele la vida social, api¬ 
ñará a todos los hombres bajo los auspicios de una 
felicidad real y positiva. Detalles de la producción, de 
la distribución y del consumo, ¿cómo dudar que por 
medio de convenios pueden ser y serán d^ hecho arre¬ 
glados? Tal como hoy procede el comercio y la indus¬ 
tria, a pesar de sus enormes deficiencias y de su fondo 
de privilegio, no puede decirse sino que arreglan sus 
relaciones por medio de convenios. Las grandes empre¬ 
sas producto son de contratos más o menos libres. Las 
asociaciones debidas a la iniciativa privada, como la 
«Cruz Roja» y la de «Salvamento de Náfragos», no son 










— 18 — 


Edmundo cjempíos de aplicación anarquista. 

ai m ™ao científico arreglase por libres relaciones míe 

Y°cuando Ce p I ii S f' 10 31 de comunes necesidades. 

nresa de ¿vni in ' - h ’ ata dc cometer cualquier e.n- 

concWÍo de P loW°-, n - U otra 1 semejante, apelase al libre 

Sconla ideSn 1 - y. al , auxilio ^ cuantos simpa- 
.an con Ja idea de los iniciadores. En resumen siemnrp 

pactos o convenios libremente establecidos a impulsos 

los unos” a iof ofrn tld T P ° r h °? bres a veces extraños 
. unos a los otros, desconocidos casi siempre habí 

antes de distintos países que vienen a coneXir a los 

S S mS. la ^? g “ eral 

Y ¿por qué lo que hoy se hace a pesar del gobierno 

eícurso 1 de ^ gobierrto desapareciera? En 

i * ^ ^ evolución social, la cooperación volnn 

tana va ganando todo el terreno que la coacción uu" 
bernamental pierde. A la iniciativa del podef^SX 
con éxito la iniciativa privada. Los Politicastros -.»« 

de carga ¡»&£3&Ek 

i as - 1 7 * 11T ,. 1<! e VI dencia, confinuarán pidiéndolo todo a 
las alturas. Pero la gente avisada, por lo contrario 
procura obrar por su cuenta, pasándose sin d aux lio 

del Estado, o quizá menospreciándolo 

de m,e°s"S í vid« C Thl¡ d T S Í? ‘'i 8 ™’ está e ” eI <°»do 

"" b '"' Wes y d.stmnios los obsta! 

vci bmguesía sin dinero* esa numerosa 
(fue vive al día sin otro porvenir que los vaivenes de ir 

S$%S , Kd a co r l 2' e^de, ■ o>» a «SZ je el 
. ito, que la \ ida es toda para las grandes fortunas 

vilegios Los dem * p . . para los grandes pri- 
íiegios. Los demas mortales de chaqueta, de blusa o 













- 19 — 


de levita, que no tienen un cuarto, forman el confuso 
montón de los desharrapados, gente despreciable, pro¬ 
pia sólo para sudar trabajando y para morir en la 
dama del hospital sin más distintivo que un número de 

orden, * _ _ _ t 

Tal situación, extremando los términos de la lucha 
por la vida, producirá inevitablemente la revolución 
social; revolución por fuerza anarquista, pues que no 
se trata tan sólo de llenar el estómago, sino también 
de recobrar la perdida libertad, esa soberana indepen¬ 
dencia que ennoblece, dignifica y levanta al hombre de 
la abyección en que a su pesar se arrastra. 

Se trata, sí, de que prácticamente cada uno haga lo 
que quiera, en la seguridad, como ha dicho Mala testa, 
de que cuando los intereses sean comunes y la vida 
enteramente solidaria, cada uno no hará más que lo 
que deba, Y para obtener esta identificación de la vo¬ 
luntad libre y del deber, esencia del principio anar¬ 
quista, es preciso, indispensable el establecimiento de 
la comunidad de bienes. Sin esto rodaremos eterna¬ 
mente al abismo de las desigualdades, de los privile¬ 
gios, que donde existen producen fatalmente la licencia 
para unos, la esclavitud para otros. 

Y no hay incompatibilidad entre estas dos afirma¬ 
ciones, porque el hombre es sólo real y efectivamente 
líbre cuando libremente puede disponer de aquello que 
es necesario a su existencia. Si sus necesidades tienen 
que ser limitadas por cualquier convencionalismo so¬ 
cial, su libertad se anula. Sólo im falso concepto de la 
libertad personal ha podido dar por resultado la creen¬ 
cia de que un régimen de comunidad sea incompatible 
con la independencia del hombre. Lo de la falsificación 
de la idea de comunidad natural ha podido hacernos 
creer que supone aquélla necesariamente el régimen 
de la uniformidad conventual o del cuartel, negación 
la más terminante de la personalidad libre. Comunidad 
de medios para obrar y libertad de acción, son una 
misma cosa: teoría anarquista bajo distintos aspectos 
en apariencia, idénticos en el fondo. 











— 20 


En otro artículo contestaremos a las demás pregun¬ 
tas formuladas al principio de éste. 


VII 

Hablamos de comunidad de bienes y no significa¬ 
mos en modo alguno un sistema cerrado de uniformi¬ 
dad igualitaria absurda. Ni aun tratamos de sostener 
un método exclusivo de procedimiento. La comunidad 
tiene para nosotros la extensión posible cuando todo 
el mundo, puede disponer de los elementos de la pro- 
- ducción, tierras, minas, fábricas, viviendas, vías de co¬ 
municación, etc., y puede al propio tiempo concertar li¬ 
bremente el modo de producir, de cambiar o distribuir 
los productos, de vivir, en Fin, en todas sus manifesta¬ 
ciones. Comunes los instrumentos del trabajo; común 
lo que se llama capital social; ]a líbre -cooperación en¬ 
teramente voluntaría basta, en nuestro sentir, a realizar 
la igualdad, asegurando la total independencia del 
hombre. Así como por la solidaridad afirmamos que 
pudiendo cada uno hacer lo que quiera hará lo que 
deba, decimos también que por la cooperación volun¬ 
taria quedarán todas las necesidades sociales satisfe¬ 
chas, sin que sea menester recurrir para ello a regla¬ 
mentaciones imposibles. Como la comunidad de medios 
implica comunidad de fines, todos los esfuerzos perso¬ 
nales concurrirán, cualesquiera que sea la forma, al 
bienestar general. ¿Por qué pleitear, pues, por meros 
accidentes de detalle? 

Esta misma comunidad de intereses es la que per¬ 
mitirá a la sociedad pasarse sin gobierno, sin fuerza 
armada y sin una justicia de casta. El gobierno, mo¬ 
nárquico o republicano, no tiene otro objeto, en la hi¬ 
pótesis más favorable, que arreglar y armonizar los 
encontrados intereses individuales. La fuerza armada 
solo sirve de instrumento al gobierno para reducir a la 
obediencia al que no se conforma con sus disposicio- 













21 — 


nes y arreglos. La justicia organizada es el comple¬ 
mento obligado para sancionar las disposiciones gu¬ 
bernamentales y los actos de fuerza, al par que para 
defender unos intereses enfrente de otros; gobierno, 
fuerza pública y justicia juntamente constituyen la ar¬ 
mazón necesaria del privilegio; son el sostén de esta 
diferencia enorme que subordina unos hombres a 
otros, que da a unos la holgura y a otros la estrechez, 
que a unos enriquece y empobrece a otros. 

Pues si el antagonismo de intereses desapareciese, 
y es evidente que en nuestra hipótesis anarquista y so¬ 
cialista surgirá naturalmente la solidaridad, ¿para que 
serviría el gobierno, la fuerza armada y la magistratu¬ 
ra? ¿Qué conflicto habría de arreglar el gobierno, qué 
haría la fuerza pública de sus. fusiles y qué sentencias 
habrían de dictar esos encopetados jueces que miden a 
todos los hombres por un rasero común? 

Hoy mismo, cuando los intereses particulares son 
solidarios, el gobierno no sirve de nada, como no sea 
de estorbo; el ejército luce tranquilamente sus trajes 
por las calles, y la magistratura se cruza de brazos, 
bien a su pesar. Es menester el conflicto, la lucha fra¬ 
tricida, el encono y el odio de clases, la brutal presión 
del poderoso y la humillante esclavitud del hambriento 
para que la necesidad de un gobierno, de un ejército y 

de una justicia se haga sentir. 

Todo el mecanismo gubernamental, creemos haber¬ 
lo dicho, sólo sirve para mantener de grado o por 
fuerza la sumisión de los de abajo, de la masa anóni¬ 
ma, y el poder y el privilegio de los de arriba, los dis¬ 
tinguidos, gente de buena sangre y mejor tono. En ple¬ 
na libertad de acción todos los hombres y comunes to¬ 
dos los intereses, no habría a quien someter ni poderío 
ni privilegio que demandase, defensa violenta o hapih-, 
dosa» ¿Para qué un gobierno? ¿Para qué un ejército? 
¿Para qué una magistratura? , , 

Las diferencias que entre hombres pudieran surgir 
en una sociedad de iguales bastaría a solventarlas la 
intervención amistosa de los compañeros de trabajo 










o la de amigables componedores, o, en fin, la de un ju¬ 
rado elegido al efecto. ¿No ocurre esto mismo hoy en¬ 
tre las clases llamadas directoras? ¿De qué barro son 
que no puedan igualárseles los demás hombres? 

La autoridad, pesando brutalmente sobre los indivi¬ 
duos, es la que engendra la rebelión. La fuerza armada, 
es la que incita a la violencia. La justicia organizada 
es el factor principal de los delitos. Prescindamos, por 
rm momento, de las condiciones económicas y sociales 
que provocan la rebelión, la violencia y el delito. ¿No 
es verdad que la existencia de un gobierno que obliga 
a todo el mundo a obrar de determinado modo nos 
nace a todos rebeldes? ¿No es verdad que la presencia 
de una fuerza que nos amenaza nos torna violentos? 
¿No es verdad que una justicia constituida por hom¬ 
bres como los demás, con sus vicios y sus faltas como 
cualesquiera otros, y que, sin embargo, se arrpgan fa¬ 
cultades excepcionales, engendra la insolidaridad y la 
delincuencia por tanto? 

La presión del sentimiento general es más poderosa 
que toó as las sentencias y condenas juntas. Sólo la 
iniquidad social producida por el privilegio ha podido 
nacer necesaria una institución abominable, contra la 
cual la pública opinión va rebelándose poco a poco. 

DI día que todos los pretendidos dioses del puberna- 
meníalismo vengan a tierra, veráse renacer al hombre 
y cmancipuise de todas las tutelas. Entonces será cosa 
facpísíjna vivir sin gobierno, sin ejército y sin magis¬ 
tratura, engendros de un estado de guerra social próxi¬ 
mo a terminar, 

T ■ _ n . rt . 1 ’’ '! b ~ ■ ■ ..: 


VIH 

. 

* 

! No dejarán de salimos al paso, a pesar de todo lo 

f-ucho, multitud de preguntas. Es tan inmensa la suma 
de preocupaciones y convencionalismos en que vivi¬ 
mos, puede tanto la herencia transmitida de unos a 








- 23 - 


otros durante siglos de siglos, es además tan poderosa 
la rutinaria enseñanza del momento, que aun las inteli¬ 
gencias más despiertas dudarán, cerrándose obstinada¬ 
mente a la evidencia. Se nos argumentará, pues, con la 
natural perversidad humana. Dirásenos que la holgan¬ 
za de unos, el crimen de otros, el apasionamiento y la 
violencia de muchos imposibilitará la organización ar¬ 
mónica de una sociedad nueva. Pretenderáse que las re¬ 
laciones de los sexos, faltas de sanción-legal, conducirán 
a la sociedad a la prostitución y al caos; que todo se 
desquiciará al poderoso empuje de la corrupción legal. 

Mas ¿está contenida la pretendida perversidad hu¬ 
mana por la existencia de un gobierno con todas sus 
subsiguientes instituciones? ¿Acaso la mitad ^ de los 
hombres no vive hoy en la vagancia, a pesar de todos 
los gobiernos, o más bien al amparo de esos mismos 
gobiernos? ¿Sirven ni han servido para algo la cárcel 
y el patíbulo, si todos los días la violencia, el apasio¬ 
namiento y el crimen conmueven la conciencia pública? 

Nosotros pensamos, diferenciándonos de los teóri¬ 
cos del libre albedrío y aun de los teóricos del materia¬ 
lismo, que la organización individual humana no es en 
sí misma ni perversa ni bondadosa. Es simplemente 
una máquina dispuesta a funcionar según la dirección 
que se le imprima. Los individuos no nacen criminales 
ni genios virtuosos. Ni aun por herencia admitimos la 
criminalidad y la honradez innatas. Un hombre puede, 
sí, heredar una enfermedad orgánica cualquiera, un 
cerebro defectuoso, etc. Pero ese hombre, simplemente 
enfermo, puede, merced a la influencia de multitud de 
circunstancias, cometer un delito o intentar una em - 
presa arriesgada que satisfaga su natural inclinación. 
Un temperamento dado a la violencia puede, en deter¬ 
minado instante, cometer un homicidio; puede asimismo 
lanzarse a un acto heroico cualquiera, que toda refle¬ 
xión haría quizá imposible. El medio social, en fin, e? 
el que hace a los hombres como son, habida cuenta de 
sus particulares condiciones orgánicas. 

La perversidad o la bondad no está, por tanto, en el 








* 1 # 


organismo humano, sino en las cosas, en las institucio¬ 
nes, ztí la influencia de las costumbres, de las ideas 
corrientes, etc. Dad a cualquier hombre facultades de 
mando, y sólo por excepción dejará de convertirse en 
tirano. Así, las culpas de los gobiernos no son imputa¬ 
bles a los individuos, sino a las instituciones que hacen 
a los que las representan lo que son. Por eso todos los 
gobiernos son iguales, igualmente perversos, inmorales 
( Y concusionarios. Por eso todas las Cámaras dan idén¬ 
ticos frutos. Por eso todos los partidos son en la opo¬ 
sición una cosa, en el poder otra. Por eso, en fin, es 
exactísimo el dicho vulgar de que todos los políticos 
son los mismos perros con diferentes collares. 

La holganza, por ejemplo, ¿no es el fruto del milita¬ 
rismo, de la religión y de la empleomanía? Hombres 
acostumbrados a¡ trabajo van al cuartel a educarse en 
la vagancia. El aprendiz de cura sigue idéntico camino. 
Y el empleado público es un caballero particular a 
quien, en la mayor parte de los casos, sus padres no 
dieron oficio porque el trabajo mancha, rebaja, de¬ 
grada. Enseñanza pura de la Iglesia y del Estado, des¬ 
viación de las buenas costumbres, influencia de las 
ideas puestas en boga por la burguesía. 

La holganza no puede ser un argumento contra el 
anarquismo, porque es fruto del régimen autoritario y 
capitalista. En una sociedad bien organizada todo el 
mundo trabajará, porque el organismo humano, como 
todo organismo, supone funciones correlativas, necesi¬ 
dad de ejercicio, y el ejercicio—trabajo—se impondrá so 
pena de atrofia general- Tendremos menos gente en los 
gimnasios, menos ciclistas, menos preponderancia de 
toda clase de deportes; pero más trabajadores útiles, 
mas obreros y productores. Los parásitos, hoy en gran 
numero, se reducirán al menor número posible. 

El medio social, siempre el medio social forma a los 
hombres. La mayor parte de los delitos, fruto es de la* 
violencia organizada y del privilegio establecido. La 
paz armada de las naciones justifica el hecho de que 
a mayor parte de los hombres lleve cuchillo, pistola o 















garrote. Y así como la existencia de los ejércitos su¬ 
pone necesariamente la guerra, la existencia de estas 
otras pequeñas potencias armadas supone el homicidio 
y el asesinato. El robo es la esencia de toda la vida 
social. Robando al obrero se enriquece el industrial. 
Robando al comprador se enriquece el comerciante. Un 
robo es la renta, un robo las operaciones de banca, 
un robo en grande escala todo el funcionamiento eco¬ 
nómico de la sociedad. La lucha por la existencia ^ con¬ 
siste en saber apropiarse la riqueza de los demás, en 
saber robar más y mejor. La propiedad engendra el 
robo, más bien es el robo mismo, como se ha repetido 
ya en todos los tonos. En una sociedad^ anarquista y 
socialista no habría ladrones, como no habría vagos, 
como no habría asesinos ni homicidas. En este ultimo 
caso habría un número limitadísimo de enfermos. Y 
sobre ello no cabe ya discusión. La ciencia antropoló¬ 
gica, pese al doctrínarísmo de algunos de sus sabios, 
ha demostrado hasta la evidencia nuestro aserto. 

¿Merece la pena de hablar de las relaciones sexua¬ 
les? Sentimos un profundo desprecio hacia los mora¬ 
listas del formulismo. Para ellos el orden, las buenas 
costumbres, la moral, es esto: uná fórmula, ;Desai- 

chados! , . ... 

Hablar de futura prostitución, cuando la prostitu¬ 
ción vive en la fábrica, fomentada por la miseria de la 
muier y la infamia y la concupiscencia del dueño o del 
capataz; cuando la prostitución vive en el seno de esos 
matrimonios aristocráticos, en que cada individuo tira 
por su lado y pasea,, públicamente con el amante; 
cuando la prostitución asoma en los matrimonios por 
interés de la burguesía adinerada; cuando la prostitu¬ 
ción es la válvula de la abstinencia sacerdotal y del 
histérico señorito; cuando la prostitución es el contra¬ 
veneno de una sociedad de masturbados; cuando la 
prostitución alimenta a polizontes y empleados y so s- 
tiene con una parte alícuota correspondiente las cargas 
públicas; hablar de futura prostitución ante esta uni¬ 
versal prostitución presente, es el mayor de los cinis- 








-26 - 

T _ , " í ■ / k «■, , r % " * 

degradados! ? GSa C3Ílla inícua de inicuos moralistas 

Sí señores burgueses; la unión de los sexos no 
fundada, como hoy, en el interés y bastardas miras 

rfr?ó?i PUr T° y desintcr esado amor, será la regene- 
raaon para la humanidad civilizada que habéis hun- 

mi de J° S i" dibrl “' “WgáSa m Ty 

c , que habéis condenado a espantosa degeneracíón 

por el creciente desarrollo de la terrible sífilis. Corroí- 

ckmar^vid^a t S !? S C ° m0 CStáiS ’ Ia revoI ución propor- 
Clonara vida a todos, porque dará el triunfo a la san- 

gie rica, espléndida del fornido campesino, del robusto 

de vuestro? hiiot dC T 8 *” ™ as ’ la nWsfurSSn 
vaestros . h 'Jos, vuestra propia inmoralidad sexual 

revohidón. 1-311 P ° r Cl hierr ° re S eilerado1 ’ de la próxima 

Las hordas del Norte, cuya invasión os amena/a 
están hoy en todas partes, viven a vuestro lado pron¬ 
tas a lanzarse sobre vosotros para aniquilar un mundo 
entero de concupiscencias, latrocinios y grandes críme 
nes por vosotros sostenido. Ellas renovarán la 
empobrecida de una sociedad agonizau>?curarK 
anemia en que languidecemos, regenerarán en fin al 
individuo moral y materialmente. Es la vida lo áue 
raera k próxima revolución, la vida espléndida de la 
libertad completa en medio de la satisfacción de todas 

tr.fi nei r esidades > de todas las nobles aspiraciones de 
todos los generosos ideales. ««.iones, ae 

mies 3 rf te sueño de locos - intento de crimi- 
i ales, realizara la prometida felicidad. La idea esDar- 

cida esta por todos los rincones. Consciente o no vive 

entre vosotros mismos propagada por vuestros litera 

«rustas yp 5 , «¿ro.’SSS; 

puebl ,° pocote queda que hacer: el empuje nece¬ 
sario para barrer todo lo que estorba. 


Madrid, junio de 1895. 







— 27 — 


Lucha de clases 


i 

Con el creciente desenvolvimiento de las ideas so¬ 
cialistas revolucionarias, la ludia de clases ha tomado 
carta de naturaleza merced a la perspicacia de ios pro¬ 
pagandistas del socialismo que han comprendido todo el 
partido que de ella podrían sacar. Es evidente que, dada 
la oposición de intereses cada vez mayor entre capita¬ 
listas y trabajadores, la lucha de clases como arma de 
partido no podía ni debía ser abandonada por los que 
ponen sus miras políticas en la emancipación de cuan¬ 
tos, bajo una u otra forma, viven del salario. 

Por otra parte, las clases existen de hecho, como 
reminiscencia de las extinguidas castas. El salario es, 
a no dudarlo, la fórmula de la moderna esclavitud. 
Toda una categoría de hombres, apenas considerados 
con el derecho de ciudadanía, está a merced del jornal, 
siempre mezquino y con frecuencia inseguro. En tanto, 
otra multitud de hombres gana para sí en el comercio, 
en la industria, en la agricultura, por modos directos y 
libres de toda subordinación personal, tío sólo lo que 
sus necesidades demandan, sino también riquezas ex¬ 
cesivas que se sustraen a la general circulación. Así, al 
antagonismo social preexistente ha sucedido por ley de 
necesidad la lucha de los elementos contrarios. Ha su¬ 
cedido asimismo la constitución de un partido que tiene 
por bandera el principio de esa lucha. 

En el orden de las ideas, sin embargo, ocúrresenos 
que el tal principio no tiene justificación alguna. Si bien 
es natural que las filas del socialismo revolucionario se 
nutran principalmente de asalariados, entendemos que 
este hecho no excluye que el problema social revista un 










V 


- 28 - 

carácter mucho más general que el que supone el estre¬ 
cho espíritu de clase. La simple exaltación de una clase 
ai poder publico no resolverá realmente la irreductible 
contradicción de nuestros tiempos, la fatal oposición 
de los intereses políticos y económicos. Una clase re¬ 
dimida, el cuarto estado emancipado por la posesión 

del poder y de la riqueza, a semejanza de lo q P U e ocu¬ 
rrió con el tercer estado, no haría más que introducir 

™™ evo fa . cí ° r en el Problema, creando un quinto es¬ 
tado de verdaderos esclavos, que lo serían cuantos en 
a tempestad revolucionaria fuesen poco avisados o 
llegasen tarde al reparto del botín. 

En el orden de las ideas, repetimos, la lucha de cla¬ 
ses es un exclusivismo contrario a las tendencias y ne¬ 
cesidades del porvenir. El orden social presente no es 
malo por culpa de una clase; lo es por culpa de todos 
los hombres que lo sostenemos, y el trabajador, por su 
ignorancia, por su apatía o por su indiferencia de má- 
111,1 Productora, no es el que menos contribuye a que 
el mundo de las añejas rutinas, de los prejuicios y délos 
errores seculares continúe en pie. El llamado burgués 
es con frecuencia un vencido en la lucha por la vida 
un desesperado o un esclavo del mismo mundo en qué 
se mueve contra sus gustos, sus deseos y sus pasiona¬ 
les sentimientos. O es un artista reñido con el medio 
ambiente que e maniata, o un pensador amordazado 
poi la vulgaridad abrumadora de las opiniones corrien¬ 
tes, o un alma generosa envenada por los terribles 

egoísmos de su tiempo. es 


II 


No se trata, pues, en nuestro sentir, de llevar una 
clase mas al poder. Se trata, sí, de emancipar a todos 
los oprimirlos económicamente hablando, que lo son 
en primer termino los jornaleros; a todos los oprimidos 
el orden moral que, más que nadie, lo son aquellos 

■’ i " w 











elementos de la clase media que no tienen otra riqueza 
que un caudal de conocimientos científicos y artísticos 
y un tesoro de bondadosos sentimientos y de anhelos 
altruistas; de emancipar a todos los oprimidos por los 
convencionalismos sociales, por los prejuicios y ruti¬ 
nas doctrinarias y dogmáticas de escuelas, partidos y 
sectas, y lo son, en este sentido, todos los hombres, 
todas las clases sociales que, influidos por el medio 
ambiente por ellas mismas producido, obrando sobre 
sí, mantienen en pie el abigarrado y ruinoso edificio de 
la tradición y del error. 

El espíritu de clase en la inmensa esfera de este 
grandioso problema trasciende a exclusivismo y a pri¬ 
vilegio, y es, desde luego, una concepción raquítica, 
estrecha y malsana. Su consecuente, la lucha de clases, 
es una tremenda contradicción a las corrientes moder¬ 
nas y a las necesidades del porvenir. 

El problema social es la integración de todos los 
problemas; condénsanse hoy en él todas las cuestiones 
filosóficas, políticas, morales y económicas. 

El progreso se verifica cada vez más por grandes 
generalizaciones, y así como en el campo de las ideas 
no se puede determinar las fronteras donde una cues¬ 
tión termina y otra empieza, porque todas se refunden 
en una gran síntesis, así en el orden de los hechos 
todo límite es ilusorio y todo espíritu de casta, todo 
diferenciación y todo exclusivismo, puro artificio y 
error gravísimo que nos conduce a extremos de lamen¬ 
table confusión (1). 

Por esto, a pesar de la propaganda hecha en favor 
del espíritu y de la lucha de clase, no es del seno de 
los trabajadores de donde surgen los socialistas más 
vehementes y los revolucionarios más animosos; por 
eso también frente al socialismo exclusivista de casta, 
que aspira al poder público como un simple partido 


(1) Por ejemplo: a la aceptación y exaltación de la «dictadura proletaria* 
completamente reñida con nuestros principios anarquistas,-—#, de tos E, 







— 30 — 


mas, se ha levantado un socialismo nuevo, cuyas am¬ 
plísimas conclusiones han arrastrado y arrastran gran 
numero de inteligencias cultivadas, de espíritus desen¬ 
vueltos y despreocupados. Y es de advertir que estos 
e ementos han salido y salen del seno mismo de la bur¬ 
guesía, y que una filosofía demoledora, producto de 
cerebros privilegiados, ha determinado esa nueva y sin¬ 
gular tendencia del socialismo moderno. * 

°y, dc . todas Paites se clama por una solución que 
nos sustraiga al terrible dilema en que nos ha colocado 
el pleno desenvolvimiento del individualismo agrícola 

cue"as S «7íV!rt»" eCt ^f reIi §j° sas ’ Partidos políticos, es- 
h L os ? f,ca ^ han , cedldo dl contagio, y un número 
inmenso de hombres, de todas condiciones se ocupa y 
preocupa de la tremenda cuestión social 

¿ Y es hora de invocar el espíritu de cíase y provocar 

mío r n a ar 3 . U v * de <dases momento preciso en 
que la idea socialista se apodera de todos los cerebros? 


III 


Que el obrero se asocie y luche contra todo y con- 
^Íki S ’ no soi o se comprende, sint» que es justo y ra- 
. n t ab1 ^ puesto que las demás clases sociales hacen otro 
an o. Que en el orden de los intereses, capitalistas y 
trabajadores ocupen posiciones distintas y peleen como 
dos ejércitos que son, es sobrado explicable, porque en 
la lucha por la existencia el principio de asociación 
para la lucha hace necesario el acuerdo entre elementos 
afines para combatir a los contrarios. 

Pero e! problema social ha dejado de ser ya una 

aS°n u\¡? n f K ? a ’ tan , to Como de 'asta. Interesa y 

socialistas ni lf fhin pleno ’ ? n0 P ocos pensadores 

socialistas, al hablar de emancipación, han abandona¬ 
do por completo el concepto de emancipación de clase 

s™r¿ u fa a « Pe i s?' e ” ,e ” , '" ,e de “ s 















La esclavitud existe de hecho para todas las clases 
sociales. Redimidos en la forma exterior por un defi¬ 
ciente progreso político, continuamos, en el fondo, so¬ 
metidos a "las rutinas primitivas, a las preocupaciones 
y errores de siempre. 

En religión somos idólatras como nuestros mayo¬ 
res; en política, siervos del rey o del presidente; en 
economía, no hemos acertado a salir de las formas 
bárbaras, a pesar del progreso efectivo de lamaqui-, 
naria. Hemos cambiado en todo de tirano, pero la 
tiranía subsiste. Dios, trino o uno, pluralidad o unidad 
teológica, la esencia del concepto religioso es la misma, 

Al absolutismo de derecho divino hemos sustituido 
el absolutismo del número. Al 'agio, el privilegio y la 
explotación, organizados por la teocracia y la aristo¬ 
cracia, ha sucedido el agio, el privilegio y la explota¬ 
ción, organizados por el tercer estado. 

Por eso en las actuales condiciones sociales el ma¬ 
lestar es general y el escepticismo lo invade'todo. La 
crítica nos ha hecho ver la falsedad de los progresos 
ideales, a la par que la práctica diaria nos muestra el 
engaño de los progresos reales y positivos en el orden 
de los hechos. El desaliento cunde, y a la fe y a los en¬ 
tusiasmos de otros tiempos sustituye una indiferencia 
profunda que abarca todas las clases sociales. Solo 
una ínfima minoría abraza la nueva fe y lucha con en¬ 
tusiasmo por los novísimos ideales. 

En este período de transición, el hábito revolucio¬ 
nario produce estremecimientos de desesperación, es¬ 
calofríos de terror, vendavales de odio. El espíritu de 
rebeldía va minando poco a poco todos los elementos 
sociales. Nadie se halla bien, y ya sea burgués, ya pro¬ 
letario, todos sienten necesidad imperiosa de sacudir 
violentamente un estado de cosas que esclaviza y de- 

g La exclusión de clases desaparece, pues. En la ve¬ 
nidera revolución, allá irán confundidos jóvenes ilus¬ 
trados de las clases medias con rudos obreros del cam¬ 
po y de la ciudad. La nueva savia generosa y resuelta 
















- 32 — 

de una juventud ansiosa de ideales elevados y nobles, 
mezclaráse a la fuerza virgen de las clases populares, 
y producirá la síntesis soñada de un mundo mejor. La 
inteligencia que impulsa y el brazo que ejecuta, en ínti¬ 
ma correspondencia, tal será la resultante próxima de 
una transformación cercana. Los heroísmos ejemplares, 
las abnegaciones sublimes, los sacrificios inimitables 
de todos los grandes sacudimientos sociales, reprodu- 
ciránse en esta revolución que se avecina, sirviendo de 
puente para realizar el salto, al parecer imposible, de 
un mundo de castas a un mundo de iguales, de un mun¬ 
do de esclavos a un mundo de libres. Hombres salidos 
de todas las clases, el sabio generoso, el joven entu¬ 
siasta, el trabajador fornido, prestarán la fuerza de su 
inteligencia, de su entusiasmo y de su brazo a la obra 
de la general renovación. 

Las clase desaparecen moralmente en nuestros tiem¬ 
pos; pronto desaparecerán materialmente y de hecho. 
La revolución será la obra común de todos los rebel¬ 
des, y éstos no son exclusivos de una clase: son el fer¬ 
mento social de lo que viene sintetizado por una efecti¬ 
va libertad basada en la igualdad de condiciones, única 
manera de realizar por y para siempre el ideal supre¬ 
mo de la Humanidad: la fraternidad de todos los hom¬ 
bres.